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Salud mental en niños y adolescentes

Empiezo con unos datos relevantes que hablan del estado emocional infantil, pero también social: según la Generalitat, en los últimos tiempos un 21,5% de alumnado muestra fracaso escolar, un 7,1% de la población infanto-juvenil ha sido atendida por centros de salud mental y entre un 3 y 10% de los alumnos están diagnosticados de Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Según la Organización Mundial de Salud (OMS), se estima que la prevalencia de trastorno mental en la población infantil y adolescente se mueve entre el 10% y el 20%. Estas cifras nos invitan a reflexionar sobre que está pasando con el estado de la salud mental *infanto-juvenil. Se trata de un diagnóstico individual o social?

Para intentar dar algunas posibles respuestas, empezamos por el principio: el vínculo. Según el psicólogo John Bowlby, el vínculo es el lazo afectivo que se forma entre el bebé y su madre/pare o persona referente. A través de este, se producen sensaciones de seguridad, consuelo y placer.

Para poder crecer, madurar y desarrollarse, el niño necesita estar y sentirse acompañado afectivamente. Esto significa una mirada próxima y cómplice a lo largo de sus progresos y dificultades; implica la existencia de una persona que lo ayude a poner palabras a aquello que siendo y le pasa y lo estimule a *mediar en los conflictos; y a la vez necesita alguien que le ofrezca oportunidades de aprendizaje estimulándolo con preguntas, potenciar su tolerancia a la frustración, capacidad de esfuerzo y de espera; jugar y pensar conjuntamente, fomentar la empatía, la resiliencia, la autoestima, la confianza… Pero cómo todo proceso, necesita tiempo.

El tiempo puede ser nuestro aliado, pero su carencia se transforma en nuestro enemigo.

Precisamente este es uno de las principales desazones que muestran las familias: la insuficiente dedicación de tiempo que pueden dar a los hijos. Algunas comentan: “Lo visto yo mientras está medio dormido porque es tarde”, “yo preparo su almuerzo porque ensuciará la cocina”, “como que sólo lo veo el fin de semana, prefiero darle todo aquello que me pide”, etc. Paradójicamente, mientras perpetuamos unas actitudes que fomentan la dependencia de los hijos hacia el adulto, esperamos que aprendan a ser autónomos, responsables y maduros casi de manera automática. Cómo si se tratara de una aplicación de móvil.

“Se enfada muy deprisa”, “habría de estudiar solo”, “no entiendo por qué tiene problemas con los amigos”, etc. La realidad es que tenemos unas familias muy ocupadas y absorbidas por las obligaciones laborales, que presentan marcados síntomas de estrés y preocupaciones significativas. Lejos de culpabilizarlas, hay que valorar aquellas familias que, aun así, se esfuerzan para crear y cuidar el vínculo afectivo con sus hijos e hijas.

Ahora bien, habrá que tener claro que se hace necesaria una reivindicación para obtener mejoras laborales para cuidar la salud mental de los progenitores y, consecuentemente, beneficiar la salud mental de nuestros hijos e hijas.

Más allá del vínculo familiar también hay que tener presente la existencia del vínculo afectivo dentro del mundo educativo. Los niños y niñas están una media de seis horas diarias con sus maestras. El tipo de relación (vínculo) que se desarrolle entre ellos influirá en las inquietudes, curiosidad y aprendizajes de los alumnos. Pero hoy en las aulas podemos encontrar 27 criaturas de 3 años con una maestra… se hace difícil pensar como podrán las maestras acompañar y atender las necesidades afectivas, sociales, personales y fisiológicas de sus alumnos. La tarea que realiza un maestro es de vital importancia y, por lo tanto, necesita más apoyo y medios para garantizar que esta sea de máxima calidad. Es primordial que aquel referente educativo conecte con el alumno, conozca sus desazones, intereses, situaciones personales y familiares.

Cuando existe el vínculo afectivo, esta ensambladura y sincronía entre alumno y maestro, es más probable que la motivación de ambos sea más satisfactoria, hecho que repercute positivamente hacia el rendimiento y actitud del alumno. Tal como muestran las investigaciones, es a través de la motivación, del encuentro con el otro (en este caso, maestro) que los conocimientos toman sentido y acontece significativo el aprendizaje. Es cuando uno y otro están conectados y dan valor aquel tiempo y tarea que están compartiendo.

Paralelamente a la carencia de tiempo, otro aspecto relacionado con una mayor motivación hacia los aprendizajes y bienestar psíquico de las criaturas es el enfoque pedagógico que se desarrolla en algunos centros educativos. La prestigiosa pedagoga Maria *Montessori ya hace décadas señalaba el papel activo de los alumnos como motor del aprendizaje. Su pensamiento es plenamente vigente: “La primera tarea de la educación es agitar la vida pero dejarla libre para que se desarrolle”, decía. Y seguía: “La mayor señal de éxito de un profesor es poder decir: ahora niños trabajáis como si yo no existiera”.

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Respetar, permitir y tolerar las diferentes necesidades, ritmos y estilos de aprendizaje de cada niño es básico para fomentar su madurez personal y académica. Algunas escuelas de aquí y otros países (como Finlandia) han visto que trabajar conectando con la esencia del alumno facilita que este aprenda desde una motivación intrínseca. Se promueve el desarrollo de su autoconocimiento, facilitando que acontezcan individuos reflexivos, creativos y críticos; personas íntegras y respetuosas con sí mismas y con los otros.

Las características, funcionamiento, recursos y organización de una escuela y sus trabajadores están influenciados por las políticas y normativas que se deciden desde un nivel “*macro”. Por lo tanto, más allá del estilo pedagógico de los diferentes maestros, un factor importante que condiciona la calidad de la dedicación que pueden ofrecer al alumnado son los recursos económicos, humanos y de tiempos que tienen a disposición.

Del mismo modo, se hace necesario para la salud mental de todos (niños, niñas, jóvenes y adultos) una propuesta de conciliación laboral y personal/familiar real. Este hecho permitiría que los adultos contaran con uno de los tesoros de nuestra vida: el tiempo.

El tiempo necesario para poder cuidarse y cuidar, acompañar y educar.

Y está claro que dedicar tiempo de calidad a las personas que aprecios promueve que funcionen el resto de engranajes de la sociedad.

Noemí Mauri Carbonés

Psicóloga general sanitaria infanto-juvenil

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